Como os comentamos en nuestro Blog, durante el último año se ha hablado mucho de un nuevo método de pago: El Bitcoin. Pero el uso de este nuevo método de pago tiene una cara B de la que no todo el mundo habla.

Debido a su esencia encriptada, esta moneda requiere de una serie de algoritmos denominados prueba de trabajo, que demanda de una serie de “Mineros” que se encargan de realizar una serie de cálculos matemáticos capaces de descodificar y validar dichos Hash y fruto de esta naturaleza de funcionamiento el gasto energético que conlleva la criptomoneda se está disparando a niveles alarmantes.

Según un reciente estudio realizado por ING, cada operación de Minado de un Bitcoin supone el gasto energético de un hogar medio durante todo un mes. Además, el mismo estudio determina que en 2 años, todas las operaciones que requerirían los Bitcoins, podrían consumir tanta energía como Dinamarca.

A esta alarma, se ha sumando la International Energy Agency (IEA), que concluye que si el Bitcoin fuera un país, ocuparía el puesto 64 en la lista de países con mayor consumo energético.

La tasa de extracción anual de Bitcoins necesita unos 350 Megavatios, suficiente para abastecer a 280.000 hogares de Estados Unidos.

La parte aún menos esperanzadora es que a pesar de todos los estudios, a día de hoy, no existe un registro central de mineros activos, ni se conoce el gasto de cada uno. Esto imposibilita el cálculo real del consumo de energía de la moneda. El reto de todo este proceso, estará en generar nuevos métodos de decodificación que requieran menos esfuerzos y se puedan abordar desde una perspectiva de mayor eficiencia energética.

Pero pese a ese horizonte esperanzador basando en la eficiencia energética, la realidad es que el Bitcoin aún debe perfeccionarse sustancialmente para poder llegar al mayor número de usuarios posibles y convertirse en una opción real al alcance de todos.